miércoles, 4 de noviembre de 2020

Celín. Cuento de Galdós publicado en la edición monumental de Los meses.

Comenzado noviembre, después del día de Todos los Santos, ofrecemos la versión aumentada de uno de los contenidos del libro relacionado con este mes y un cuento de Galdós. Se trata del título Celín en los meses (pág. 184-186). 

    En 1887, el escritor y crítico de arte Luis Alfonso y Casanovas proyecta la edición de Los meses, libro que incluiría textos de doce literatos e ilustraciones de artistas del momento. Era la propuesta para su reciente cargo de director artístico y literario en la tipográfica Sucesores de Narcís Ramírez (Barcelona). Los meses era, en esencia, un almanaque, pero al uso de finales de siglo y con un coste elevado tanto en producción como en precio de venta.

 

Cubierta de Los meses - Biblioteca Lázaro Galdiano, R. 20773.
(Cartas Hispánicas, 007. 21 de diciembre de 2016ISSN 2444-8613)

 
Para tamaña empresa contará con la colaboración de grandes figuras de la literatura, quienes redactarán un texto para cada mes. De enero a diciembre, este será el orden de colaboraciones: Ramón de Campoamor, José de Echegaray, Gaspar Núñez de Arce, Antonio Cánovas del Castillo, Emilio Castelar, Juan Valera, Antonio de Trueba, José María de Pereda, Manuel del Palacio, Emilio Ferrari, Benito Pérez Galdós y Pedro Antonio de Alarcón. En el mismo orden, las ilustraciones serán de los siguientes artistas: Apeles Mestre, Martínez Cubells, Alejandro Ferrant, Ricardo de Villodas, Moreno Carbonero, José Villegas, Casto Plasencia, Baldomero Galofre, José Luis Pellicer, José Benlliure, Arcadio Mas y Fontdevila y Manuel Domínguez. 

 

Portada de Los meses - Biblioteca Lázaro Galdiano, R. 20773.
(Cartas Hispánicas, 007. 21 de diciembre de 2016ISSN 2444-8613)

 

    Si bien para el mes de noviembre (brumario), el que le correspondía a Galdós, se pide la colaboración de Arturo Mélida, esta nunca se hará efectiva. Finalmente, se sustituirán por tres ilustraciones de Arcadio Mas y Fontdevila. La cabecera de cada mes y autor las realizará el multifacético modernista Alexandre de Riquer, VII conde de Casa Dávalos.

 

Cabecera de Noviembre - Biblioteca Lázaro Galdiano, R. 20773.
(Cartas Hispánicas, 007. 21 de diciembre de 2016ISSN 2444-8613)

 

    Tampoco será inmediata la respuesta de don Benito, con quien Alfonso y Cánovas [1] deberá mantener correspondencia insistiendo sobre el proyecto. Tal será el retraso que, iniciadas las conversaciones en marzo de 1887, se continuarán al año siguiente. 

    En el encargo, Galdós debía escribir entre 25 y 30 cuartillas por las que recibiría cuarenta duros (200 pesetas). Acabarán siendo mil reales (250 pesetas). 

    Por fin, en diciembre de 1887 recibirá el editor las cuartillas, y no serán otras que las correspondientes a Celín. El 2 de enero de 1888 se envían las pruebas a Galdós. 

    Los meses se publicará a finales de 1889 al precio de 80 pesetas. Una edición lujosa al alcance de pocos y cuyo éxito fue lamentable. Sobre este fracaso comercial había escrito José María de Pereda en febrero de 1890:

Veo con pesadumbre que lo de Los meses ha sido un fracaso, aquí por lo menos, y en Madrid según mis noticias; y no por culpa del público sino por la desatinada ocurrencia de haber publicado la obra en edición monumental únicamente, a onza de oro el ejemplar, cuando es público y notorio que no queda un solo español que posea esa cantidad.

Con tantos retrasos desde las primeras negociaciones, no solo fomentados por Galdós, Celín llevará una fecha ya antigua: «Madrid. Noviembre de 1887».

 

Cuenta Gaspar Díez de Turris, cronista de las dos casas ilustres de Polvoranca y de Pioz, que el capitán D. Galaor, primogénito del marquesado de Polvoranca, murió de un tabardillo pintado el último día de Octubre, y le enterraron en una de las capillas de Santa María del Buen Fin el 1.º de Noviembre, día de Todos los Santos. 
Celín. Capítulo I  

 

 

[1] Fe de erratas: Página 185. Donde dice "Alfonso y Cánovas" debe decir Alfonso y Casanovas.



lunes, 13 de julio de 2020

Antonio Zozaya y el entierro de Galdós. Madrid, 1920 (II)

Ya ascendía Galdós hacia la eternidad. Sus restos apenas habían sido depositados bajo la diamantina losa, cuando Antonio Zozaya, pluma en mano y enjugando la mirada, se disponía a escribir. Una vez más dedicaba sentidas palabras a su amigo. Una vez más ese nudo que ahoga y remueve el pecho; el que se repetirá años más tarde en México por otras penas, otras añoranzas y tantos recuerdos.
Fluidas, dictadas desde lo más profundo, Zozaya escribe la columna Bajo la tierra madre - Tras de los restos de Galdós, publicada el martes 6 de enero de 1920 en la página 3 de La Libertad, dedicada íntegramente al entierro de Galdós bajo el destacado título Imponente manifestación de duelo.




Tras de los restos de Galdós
  
   Madrid entero desfiló ayer, con la cabeza descubierta, el sobrecogimiento de la desdicha irremediable en el ánimo y la devoción sin rito a lo Eterno en el fondo del corazón, por delante de un féretro. Cubierto por la bandera nacional, yacía en su fondo un cuerpo rígido, inanimado, deleznable cárcel vacía de un alma soberana, que había empobrecido horas antes su augusta y serena ascensión al que denominó «inmortal seguro» el vate cantor de la conturbación dolorida.

   Una honda emoción, al par confortadora y triste, esperanzada y trágica, dolorosa y estética, oprimía todas las gargantas, helaba, con el espasmo de lo sublime, todas las médulas; nublaba con lágrimas todas las pupilas, y, al mismo tiempo, hacía palpitar en todos los pechos el noble entusiasmo por los más altos ideales. Bajo un sol invernal, pero limpio, posó sobre la muchedumbre el grito triunfador de la raza, y, trocando en clarividencia la congoja, resurgió en todos los cerebros la confianza en los destinos de la Humanidad.

   Luego comenzó el solemne, el inolvidable desfile. No tenía, o no necesitaba al menos, la ritualidad aparatosa de otros cortejos, en que la suntuosidad y la ostentación oficial suplen a la aflicción sincera; pero tenía la grandeza de lo espontáneo, de lo universalmente sentido; no era la representación de los Poderes públicos ni el boato de un acompañamiento ceremonioso lo que prestaba al cortejo magnificencia; era España entera la que le daba su glorioso esplendor. No caían desmayadas las banderas a media asta en los públicos edificios, ni habían cerrado sus puertas todos los teatros que el genio creador inundó de gloria. No importaba: la patria, la verdadera patria estaba allí para despedir a quien cubrió de laureles su escudo, y allí fueron, sin distinción de fortunas ni jerarquías, los hombres, los ancianos, los niños y las mujeres a ofrendar a los restos del autor de los «Episodios» y las «Novelas contemporáneas» algunos, un puñado de flores, y los más, un manojo de penas.

   ¡Feliz en su sueño de mármol quien llevó tras sí, en la postrera peregrinación, a la innominada muchedumbre! ¡Dichoso, en su esplendorosa inmortalidad, quien dejó en el pueblo la huella perdurable de su divina evocación! Realizó un fin tan alto, tan educador, tan excelso, que su nombre será una negación de la muerte, y su labor, bella y gigantesca, una afirmación de la eternidad de lo bello, de lo verdadero y lo bueno.

   Nada hay comparable a estas manifestaciones espontáneas, a estas explosiones del público dolor. Todo París desfiló ante los restos de Víctor Hugo, bajo el Arco de Triunfo, y esta eclosión del espíritu galo aseguró la victoria en el Marne y ante los muros de Verdún. Todo Madrid se descubrió ayer ante el cadáver del más glorioso de nuestros escritores, que, como el autor de «Noventa y tres», fue un gran patriota. ¿Por qué no ha de ser esa prueba palmaria de la idealidad de todo un pueblo presagio feliz del renacimiento de España?

   No veremos más al genio creador de «Gloria», de «Doña Perfecta», de «Marianela», «El amigo Manso», «Fortunata y Jacinta», «El abuelo», «Realidad», «La loca de la casa» y cien libros más que nos elevaron a las regiones de lo sublime y cincelaron nuestro espíritu, haciéndolo más generoso, noble y comprensivo. Hemos vuelto a nuestro refugio abatidos, como si, con la pérdida de Galdós, nos sintiéramos menos artistas, menos ciudadanos, menos hombres...

   Y, de codos sobre la mesa de trabajo, pensando en la infinita separación, nos hemos cubierto el rostro con las manos. Pero luego hemos mirado el estante en que están alineados sus libros, y nos hemos sentido muy cerca del glorioso maestro.

   Y después de enjugarnos los párpados hemos querido renovar esta íntima comunicación con el genio, que ya nunca ha de interrumpirse, y hemos comenzado a leer la primera página de «Trafalgar». D. Benito estaba a nuestro lado y hablaba por boca de su héroe:

«Se me permitirá que antes de referir el gran suceso de que fui testigo...»


ANTONIO ZOZAYA





Artículo relacionado:
Antonio Zozaya y el falecimiento de Galdós. Madrid, 1920 (I)


domingo, 12 de julio de 2020

Antonio Zozaya y el fallecimiento de Galdós. Madrid, 1920 (I)

En portada del diario La Libertad del domingo 4 de enero de 1920 se daba cuenta del fallecimiento de Don Benito Pérez Galdós. Debajo de un retrato del novelista se publicaban unas palabras de Antonio Zozaya a su colega y amigo. Se trata de tres columnas que anteceden a las tituladas Datos biográficos, La enfermedad, La última noche, El fallecimiento y La noticia en Madrid.




   Se nos dice que ha muerto Galdós; pero los hombres como Galdós, ¿cuándo mueren? Para -sus íntimos, el día luctuoso en que dejan de verlos; para la pública curiosidad, el día en que da Ciencia falla que no podrán acabar su último libro; para la Patria, nunca; siguen brillando en la cúpula gigantesca que cubre sus montañas, sus valles y sus ríos; vertiendo sobre Ja frente de sus hermanos a torrentes las luminosidades de su espíritu magno. Viven, resplandecen, no se extinguen "sic lamparae coeli".

D. Antonio Zozaya y You
   Para la nueva Literatura hacía tiempo que había muerto Galdós. Ya no producía. Aquella diestra segura y firme, entre cuyos dedos nerviosos se movió el lápiz, con la vertiginosa celeridad de un transmisor eléctrico, no hacía ya sino tenderse adelante, en demanda de un piadoso sostén. De sus pupilas había huido para siempre la luz, y su figura, antes prócer y ahora abatida, se adelantaba temblorosa al proscenio, cuando un rugido de entusiasmo del público lo llamaba a la escena en una de esas fiestas inolvidables que sus amigos y discípulos organizaban en su honor.   

   Ahora ya, nada. Recluido en la mansión hidalga y poética que le brindaron caballerosamente los unidos a él por los vínculos de la sangre, apenas hablaba; su actitud era la de una esfinge, y, si le molestaba algún importuno, acababa por decir en un murmurio casi imperceptible: "Quiero marcharme". Era verdad: quería marcharse; sentía la nostalgia de lo infinito; pero con esa inconsciencia que nubla todos Jos umbrales de la vida, estado en el cual ésta no es todavía sino un presentimiento o no es ya sino una vaga reminiscencia, volvía a caer en su estupor, que tenía la majestad y la serenidad augusta de lo eterno ignorado.   

   No obstante, al saber que muy pronto habremos cubierto su cuerpo de flores, sentimos un rudo golpe en el corazón; nos parece que va a faltar algo en la tierra que era necesario a su contextura espiritual; que se le había caído a España un cuartel de su escudo, un regio florón de su corona, y que no volverá a ondear soberana al viento, con alegres restallidos de triunfo, como en los días en que se publicaron los Episodios, nuestra bandera nacional.    Sobre España proyectará cada día más soberana grandeza la obra gigantesca de Galdós.

   No es la labor del artista, ni del literato, ni del hablista, ni del pensador, ni del dramaturgo: es la obra del genio; crea, vivifica; tiene el divino "sea"; infunde su soplo alentador, a imagen y semejanza de lo Increado. Don Benito no se limita a describir la Humanidad, sino que imagina sus tipos característicos y les da alma y vida para siempre. Si no hubiera habido una patria, nos la hubiera creado él.

   He aquí lo que distingue al genio: crear. De los novelistas incomparables, de los dramaturgos excelsos, lo que les ha elevado a la cúspide de la gloria, no han sido sus prodigiosas descripciones, ni sus ideas centelleantes, ni la sublime trama de sus argumentos. Las obras se pierden para el vulgo; los lenguajes mueren, como las piedras en que se escriben; pero quedan los seres de carne, que no existieron sino en la miente de su genitor espiritual. Quedan Helena, Aquiles, Ulises, Andrómaca, Ingenia; quedan Fausto, Moore, Segismundo, Quijano, Hamlet, Margarita, Julieta, Lady Macbeth, Pedro Crespo, Margarita la Tornera, Don Juan. Y así, quedan Gloria, Marianela, Doña Perfecta, "Celipín", el amigo Manso, Fortunata, La de Bringas, Torquemada, La loca de la casa, "Pepet", Doily, Don Pío Coronado, El león de Albrit. Son legión, son España con sus poéticas muchedumbres, que engendran guerrilleros y santos, bandoleros e investigadores, aventureros que descubren munidos y se los arrojan a su patria por encima del mar, y diplomáticos que atan los pactos, sellados con sangre, a las patas de sus taburetes de nácar; de inquisidores que ensombrecen la tierra y comuneros que lanzan el grito libertador que los pueblos han de repetir, pasadas ya cuatro centurias.   

   Con Galdós termina definitivamente el siglo XIX. El glorioso autor de Gerona, de Bailen, de Misericordia y de El Doctor Centeno acaso no siente en toda su intensa complejidad los problemas de nuestro siglo. Apenas si, en La de San Quintín-, nuestra vislumbres de una de sus facetas. Vivió en pleno "siglo de las luces", y, avanzada del siglo la primera mitad, retrotrajo su labor con Trafalgar a sus comienzos. No hay obra de Galdós cuya acción puede ser colocada en 1799; no hay que exija fecha que no sea anterior a la de 1901. Es todo un siglo. Se dirá en España el siglo de Galdós., como se dice en Inglaterra el siglo de Guillermo. Y nunca su nombre podrá ser eclipsado, porque, con ser nuestra literatura una da las más gloriosas del planeta, no resplandece en sus antologías, desde la publicación de El Ingenioso Hidalgo, un nombre tan glorioso, tan genial, tan excelso, y, sobre todo, tan netamente ibero, como el de don Benito Pérez Galdós.
  
   No queremos llorar; las glorias no se lloran. Las cenizas de los hombres que supieron engrandecer a su patria son mucho más fecundas que esos granos de trigo sacadas, después de cuarenta siglos de ser enterrados, del sepulcro de los Faraones; oprimida la garganta por la angustia, doloridos los párpados, crispadas las manos en nervioso encarrujamiento, suspensa en el pecho la diástole, veremos cómo se nos llevan al maestro por el lóbrego apartado sendero y cómo, extinguidos con su muerte los odios, comenzará a brillar su nombre con una magnitud y esplendor por el vulgo no sospechados. Y sentiremos que el suelo vacila bajo nuestras plantas y que en nuestras venas se nos paraliza la sangre. Pero no lloraremos; ¡no faltaba más!... No lloraremos...

ANTONIO ZOZAYA.


El número del 5 de enero de La Libertad dedicará a Galdós las tres primeras páginas de las ocho que lo conformaban. En la última, la esquela.  







Biografía de Antonio Zozaya 
Real Academia de la Historia: http://dbe.rah.es/biografias/6672/antonio-zozaya-y-you


 

miércoles, 3 de junio de 2020

Me llamo Fanny Crespo, y conocí a Galdós.

Sí, así se llama la elegante señorita de la fotografía. Conoció a Galdós en San Quintín durante un viaje a Europa con su familia. Años después, en 1917, cuando colaboraba para La Montaña, revista semanal de la Colonia montañesa en Cuba, escribirá el artículo «Añoranzas de lo ya ido».
Así comenzaba:
«De vez en vez llega hasta mi como el reflejo intermitente de un cirio que alumbrase en capilla conventual la imagen de una virgen morenucha y pálida, o como el perfume de blancas rosas que se abrieran en lejano jardín, el recuerdo de aquella mañana de Junio, y en él engarzado, como nítido rubí sangriento en artístico joyelero, el clavel rojo con que adornó mis bucles rubios el maestro».



Acompañada por su madre, su hermana y una institutriz, el carruaje ancho y forrado de estofas grises que ocupaban las llevó a la finca de veraneo del escritor.
«Detúvose el carruaje ante la verja cerrada de un jardín. Entre las rosaledas floridas había un hombre vestido de gris y cubierta la cabeza por un gran sombrero de paja que le resguardaba de los rayos solares, y cuyo hombre, ayudado por una joven, recogía violetas que echaba luego dentro de un canastillo de mimbres.
Aquel hombre, que aun me parece ver, sumido el rostro en la sombra proyectada por las alas enormes de su sombrero campesino, cariñoso y cortés con las filibusteras que llegaban a visitarle en horas tan tempranas, no era otro que el maestro don Benito Pérez Galdós.
¿Qué encontró él en mis ojos verdes y tristes, en cuyas pupilas se abrían dos fantásticas margaritas de oro?»
Mientras una hermana de Galdós y la joven, a quien podemos identificar como Rafaelita, acompañaban a la recién llegada familia y le enseñaban los rincones de la finca, Fanny recuerda que el escritor la alzó hasta sus hombros y la subió a la torre para contemplar el mar.
«El mar estaba allí. Muy cerca le fingía la vista. Glauco, inmóvil, dijérase que era aquel famoso espejo formado por una lámina de acero muy bruñida, en que vió por primera vez su rostro la linda doncella de la leyenda china; y sobre esta indolente quietud, cruzaban, persiguiéndose en rápidos vuelos, negros pájaros exóticos que rayaban su superficie y se perdían luego en las lejanías, allá donde el cielo con las ondas se besaba.
Anclado a corta distancia del puerto, meciéndose con voluptuoso contoneo, el trasatlántico en que llegáramos lanzaba por las chimeneas gruesas columnas de humo conque intentaba en vano, empañar la limpidez del aire, ya encendidas sus entrañas, presto a zarpar nuevamente, abarrotado de pobres emigrantes.
‒No te irás más. Te quedarás junto a mí para ser mi camarada y quererme mucho, ¿verdad, nena?
La voz entraba en mí empapada en infinita ternura y yo, huraña siempre, pronta a esquivar también los besos de las bocas extrañas, oprimía entre mis bracitos el cuello del maestro y presentaba la frente, tan pura entonces, a los labios de aquel que, al rozar con ellos mis mejillas, me grabó en el alma sus íntimas tristezas de hombre que vivió mucho».



Cuenta Fanny que, al atardecer...
«... en el reducido “oratorio” que ocupa un lugar de su gabinete de trabajo; donde coronas de laurel y retratos de hermosas mujeres se amalgaman sobre las paredes pregonando triunfos literarios y de amor; ante un Cristo llagado y trágico, don Benito, que tanto odio siente por las sotanas negras, unió mis manos para que rezase, y el Cristo parecía mirarle con infinita compasión. Quizás si sabía ya de las pretéritas angustias que sufría el maestro al ir perdiendo con lentitudes de martirio, ante la blancura glacial de las cuartillas aun no estupradas, la luz de sus ojos ya cansados…».
Como con celos de infancia, Fanny habla de Rafaelita, aquella joven del jardín que había recibido durante años el cariño que ella «hubiese querido poder conquistar».

Añoranzas del breve encuentro con don Benito que marcó su vida, dedicándola después a la escritura y la oratoria.

Fanny Crespo, escritora naturalista casi olvidada en su tierra, publicó al menos tres libros: Una adoración y otros cuentos (1930), Una rogación (1930) y Del olvido ¿nadie escapa? (1932).
Su hermana, Julia Crespo de Castro, que también conoció al escritor, fue directora de la Escuela Técnica Industrial “Fundación Rosalía Abreu”. Fanny fue la secretaria de aquella benefactora institución y participó de forma muy activa en los eventos culturales que organizaban; además, colaboró en la emblemática revista cubana Social.
«Ahora, aquí en Cuba, donde el mar perennemente azul arrulla a las tórtolas que hicieron su nido en la techumbre de las altas palmeras, y Galdós es devotamente admirado, aquella niña hoy ya mujer ungida por el dolor de la vida, al recordar la hora fugaz en que un Dios bueno hubo de concederle el gozar de la presencia del maestro Galdós‒que más tarde con “Gloria” y “Electra” distrajo sus noches de eterno velar‒piensa, que la fecha ya lejana ella debe conmemorarla, y ante la sombra del pasado, que ya se va para siempre, deposita, no una corona de laurel, sino un manojo de rosas frescas, silvestres, húmedas aún de rocío, e impregnadas de un sutil y exquisito perfume: del perfume de su alma… y solo siente no poder expresar, tal como quisiera, por causa de su connatural torpeza, cómo este perfume es!».
No conozco una biografía como tal de Fanny Crespo; sólo sé que, al parecer, había nacido en 1888, sin poder precisar en qué lugar de Cuba. Los datos que ofrece Fanny me hacen suponer que el encuentro con Galdós debió producirse en el siglo XIX.

Este ha sido el recuerdo que una niña cubana atesoró en su memoria para siempre. Ella conoció a Galdós. Ella conoció San Quintín. Nadie ni nada queda de aquel instante de emociones..., sólo añoranzas.

Eduardo Valero García

Publicado originalmente el 31 de mayo de 2020 en:
Madrid de Galdós y Mundo galdosiano
 

domingo, 31 de mayo de 2020

Cuatro parodias de Electra. Madrid y Barcelona, 1901

Con mayor o menor acierto, se ha hablado en muchas ocasiones sobre el drama en cinco actos Electra, de Benito Pérez Galdós, estrenado la noche del 30 de enero de 1901 en el Teatro Español.
Como ocurriera con Mariucha en 1903, el drama de Galdós fue parodiado en dos obritas de sugerentes títulos: «¡Alerta!» y «Electroterapia», estrenadas en los teatros de Eslava y Apolo en marzo y abril de 1901, respectivamente.

Por otra parte, en Barcelona, el actor, dramaturgo y director de teatro Jaume Molgosa i Valls (1841-1907) estrenaba la comedia en un acto y en prosa «Resultados de La Electra» en el Teatro Nuevo de Barcelona el 20 de noviembre de 1901. Esta fecha queda recogida en el libreto impreso de la obra; sin embargo, en la prensa ya se anunciaba como representada el día 17 de ese mes.

En julio del mismo año había escrito otra versión diferente que, al parecer no llegó a estrenarse. Se trataba de «La Electra galdosa». A diferencia de todas las obras citadas, esta Electra galdosa ‒que no galdosiana‒, se desarrolla en un barrio de gitanos catalanes, en un ambiente de pobreza que, sin ser extrema, es visible en las trazas y modales de los personajes. De ahí el título de la obra, porque en la lengua catalana, galdosa es un adjetivo despectivo. También porque así llaman a la protagonista, la Electra galdosa.

Todos los detalles sobre cada una de estas parodias los encontrarás clicando en las siguientes imágenes:

MADRID
¡ALERTA! - ELECTROTERAPIA


BARCELONA
RESULTADOS DE LA ELECTRA - LA ELECTRA GALDOSA



domingo, 26 de enero de 2020

¿Vivió Benito Pérez Galdós en una pensión de Lavapiés?

«Últimamente se está contando en los medios de comunicación, y desde algunos sectores, una historia no contrastada. Sitúan al joven Benito Pérez Galdós en una pensión del barrio de Lavapiés a su llegada a Madrid en 1862».

Así encabeza Eduardo Valero un trabajo de investigación en el que plantea algunas dudas razonables sobre las circunstancias previas al viaje de Pérez Galdós a Madrid y su establecimiento en la villa, seguidas del estudio de los usos y costumbres decimonónicos como ejemplo determinante para encontrar una realidad distinta de la que se cuenta. 

Es un hecho la existencia de una casa del barrio de Salamanca donde vivió y que no aparece en sus biografías hasta 2019, cuando Valero la da a conocer en Benito Pérez galdós. La figura del realismo español. La primicia sobre el descubrimiento la había dado el 13 de marzo de 2018 durante la conferencia titulada La llegada de Galdós a Madrid y casas que habitó, impartida en la Biblioteca Regional de Madrid Joaquín Leguina

Sin embargo, poco o nada se sabe sobre la pensión que sitúan en la calle del Olivar, del populoso barrio de Lavapiés.

Os invitamos a conocer este brillante estudio en el que se analizan acontecimientos a partir de las costumbres decimonónicas y en donde el autor demuestra, una vez más, sus conocimientos sobre Madrid y su interés constante en todo lo relacionado con la vida del insigne escritor.

Haga clic sobre la imagen para acceder al contenido titulado La pensión de Lavapiés en la que dicen vivió Galdós.


https://historia-urbana-madrid.blogspot.com/2020/01/la-pension-de-lavapies-en-la-que-dicen-vivio-galdos.html
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En la pestaña "IMÁGENES" encontrará todas las fotografías y documentos que contiene el libro. Siguiendo el orden cronológico y por páginas, la experiencia del lector se sumará al texto biográfico.